Die Fackel. Nota Editorial (*) Karl Kraus
Traducción Natalia Vidal

En un tiempo en el que el Imperio austríaco se hunde de un agudo aburrimiento tras la solución deseada por el ala radical, en días en los que este país ha estallado en revueltas sociales y políticas de todo tipo, y ante semejante público, que entre la perseverancia y la apatía vive una vida rica en frases, o carente de reflexión, el editor que emprende estas páginas –quien se confiesa, hasta ahora, un exegeta parado sobre un lugar seguro y alejado– lanza un llamamiento a la lucha.
      Lo que le anima no es, para variar, ningún tipo de escisión partidaria, más bien el rol de un especialista de opinión (1), que en preguntas de política considera a los “salvajes” como los mejores seres humanos, y que desde sus puntos de observación no se deja embaucar por ninguna de las declaraciones provenientes del Parlamento.
     Con alegría lleva sobre la frente el odio de la falta de convicción política – tan “revuelta” como la de alguno de los suyos – y se la ofrece al club de fanáticos y a los idealistas de facción.
     El programa político de esta revista, por lo tanto, parece insuficiente. Ningún resonante “Lo que ofrecemos” sino que como eslogan ha elegido un sincero “Lo que matamos”.
     Aquí se propone un cambio de pañales al pantano de la fraseología, esa misma que otros quisieran delimitar constantemente como nacional.
     Con lengua de fuego –lo que también incluiría a una docena de hablantes de diferentes idiomas- se echan sermones sobre las necesidades sociales, aunque los gobernantes y los partidos desean ante todo –con el cálculo moroso de unos sobre el apasionado fanatismo de los otros– saber resuelta la pregunta de choque de los estudiantes de Praga.
      Este fenómeno de dolorosos contrastes que se extiende a lo largo de nuestra vida pública determinará el punto de vista sobre la apreciación de todos los acontecimientos políticos, y es deseable que de vez en cuando lo consiga, para disminuir la sorda seriedad de la fraseología, para reducirle puntualmente el crédito a su incómoda serenidad allí donde comete su obra destructora. Ninguna mirada empañada por los anteojos de un partido puede mostrarle la extrema obviedad de tener los días contados (2), cuya amenazadora presencia ilumina de vez en cuando nuestra oscuridad, fortalecida por un altar de velas.
      Pero los eruditos de la lengua no saben interpretarlo, y del agotamiento de viejas disputas se enaltecen en otras nuevas. Enceguecidos por la inquietante apariencia, unos señalan el fenómeno con un atemorizado temblequeo de dientes (3), mientras que los otros, sospechando traición a la patria, quieren que sólo la lengua alemana valga como idioma del Juicio Final. 
     Tal vez todo el ajetreo se encuentre en otra parte, en la competencia entre los que sienten orgullo de su madurez y una cultura fuerte y sobresaliente que, dando la bienvenida a la palabra pública, quiere reducirse a una disputa de anfitrión.
     Es posible que yo también deba dedicar la esperanza a que este llamamiento a la lucha, que quiere reunir a todos los grupos en el displacer y el acoso, no se extinga sin surtir efecto. Pues quiere reavivar todo el espíritu de oposición que ya esté harto del remilgado tono burocrático, a todos aquellos que con talento y ganas sientan, y estimulen, un resuelto antagonismo con la decadencia de las camarillas en todos los campos; a cada uno que en este inaudible Imperio mal construido no halle la repercusión de cada fenómeno en el receptivo, y particularmente atento, erario público.
     El minucioso detalle del corriente de las circunstancias, que trabaja sin descanso para poder sacar a flote al llamado “Espíritu de Época”, emprenderá el seguimiento de los sinuosos caminos de cada ocasión.
     Y esto, en lo que se refiere al observador despreocupado, debe ocurrir para poder repartir la culpa de manera equitativa entre el gobierno y los partidos: ministros, que no dañan ley alguna, a saber, la ley de la pereza –costeándose de la manutención del Estado–; diputados, que inquietan la conciencia de cada uno de los otros mediante la “jerga burocrática interna”, y que pelean constantemente por la inscripción en la etiqueta del patrocinio fantasma de lo estatal, mientras que el pueblo encomienda sus necesidades económicas a la discreción de los sacerdotes, como si se tratara de un secreto de confesión… Por lo tanto, Die Fackel quisiera iluminar a un país en el que – a diferencia de cada reino de Carlos V–  nunca sale el sol.      

(*) En: Die Fackel, Nr. 1, comienzos de abril de 1899, Viena: pp.1-3.
Traducción de Natalia Vidal

 

Notas de la traductora
(1)  Publizist” en el original. Se trata de una especialista de opinión.
(2) En el original Mene Tekel, de “Mene Mene Tekel”: “Dios ha contado los días de tu reinado y les ha puesto un final”, Daniel, 5.
(3) En el original “Zde”, onomatopeya del miedo.